
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Durante años, los gobiernos han presumido operativos, mesas de seguridad, coordinación entre corporaciones y reducción en distintos indicadores de delitos. Sin embargo, basta recorrer la carretera de Monterrey hacia Nuevo
Laredo o a Reynosa para comprobar que existe una realidad que ninguna estadística ha podido borrar: la del miedo.
Cada periodo vacacional se repite la misma historia. Miles de familias salen con destino a Texas con la ilusión de unos días de descanso, compras o acuden a visitar familiares, pero antes de llegar al puente internacional deben
atravesar una especie de tierra de nadie, donde las reglas parecen distintas, donde la autoridad, por momentos parece ausente.
No hace falta ser víctima de un delito para sentirse inseguro. Basta con ver lo que circula por las carreteras y las calles.
Hace unos días viajé con mi familia hacia McAllen y, al pasar por Reynosa no era difícil ver circulando a nuestro lado camionetas de alta gama, sin placas y vidrios oscuros. Nadie sabe quiénes viajan en esos vehículos ni cuál es
su actividad. Lo único cierto es que su presencia, compartiendo el camino genera inquietud.
Además, la escena se vuelve todavía más desconcertante cuando también aparecen taxis que portan en sus puertas la leyenda “Taxi Seguro”, pero circulan igualmente sin placas, el mensaje pretende trasmitir confianza, pero en realidad tiene un efecto contrario.
Es la imagen de un territorio donde pareciera que todo está permitido o todo se vale. Vehículos que en cualquier otra carretera o ciudad serían detenidos de inmediato, en la frontera circulan con absoluta normalidad, la pregunta es inevitable: ¿cómo puede transitar libremente un vehículo sin placas?
Quizá el problema ya no es solamente la inseguridad, es la normalización de aquello que debería ser inaceptable.
Este problema no nació ayer ni hace unos días, ha estado siempre, y nadie pone atención.
Tan acostumbrados estamos que miles de ciudadanos ya modificamos nuestros hábitos. Viajamos sólo de día, revisamos las redes sociales para ver cómo está la seguridad en la ciudad y en las carreteras, viajamos en convoy
con familiares u otros ciudadanos para sentirnos seguros durante el trayecto.
Esto no puede ser el estándar de un país que presume avances en seguridad. Si una familia necesita diseñar una estrategia para recorrer apenas un par de cientos de kilómetros, entonces el Estado está fallando en una de sus
responsabilidades, más básicas: garantizar la libertad de tránsito.
La frontera es la carta de presentación de México frente a millones de visitantes y frente a sus propios ciudadanos, no debiera ser un corredor en donde el miedo viaje sentado en cada vehículo.
Da pena compararnos con el vecino país, tan solo en su señalética, de este lado, en la Aduana de Reynosa, hay señalamientos en mal estado que delimitan carriles, cierres viales o recorridos, y más aún, en algunos carriles se
colocaron poncha llantas, sí de esos que tanto utilizan los grupos de delincuentes.
En Nuevo León, miles de familias, dependen de estas rutas para mantener vínculos comerciales y laborales con los Estados Unidos, por ello cada viaje cancelado está afectando a la actividad económica.
La autoridad tiene la obligación de recuperar el control de las carreteras, no con operativos anunciados. Se requiere presencia permanente y una vigilancia efectiva que impida que circulen vehículos irregulares que alimenten el miedo.
Y mientras esto no cambie el discurso de seguridad seguirá quedándose de este lado del puente. El miedo, en cambio, seguirá cruzando la frontera junto con miles de regiomontanos.




