
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Si el Atlas identifica el riesgo y la autoridad no actúa, el desastre deja de ser solamente natural. Se convierte en una responsabilidad gubernamental.
Nuevo León no puede alegar sorpresa cada vez que una tormenta convierte una avenida en río, porque los Atlas de Riesgo ya señalan buena parte de los lugares vulnerables. Lo que falta es que esa información se convierta en decisiones, presupuesto, obras, restricciones y acciones preventivas.
Hay que empezar la prevención cuando todavía hay sol. Y hay una razón adicional: estamos a unos días de septiembre, un mes que históricamente suele registrar lluvias importantes en Nuevo León.
Deberíamos saber que, cuando el cielo se pone serio, algunas calles pueden convertirse en ríos, los arroyos recuperan terrenos que alguna vez fueron suyos y los automovilistas descubrir que ese profundo charco no era precisamente un charquito.
El desastre no debería agarrarnos por sorpresa. Lo que sí sorprende es que, de los 51 municipios del Estado solo nueve tengan un Atlas municipal. Sin embargo, una iniciativa presentada en el Congreso de Nuevo León en el 2024 señalaba el registro de ocho municipios ante el Centro Nacional de Prevención de Desastres, CENAPRED.
Con sus propios Atlas de Riesgos, las autoridades deberían identificar con facilidad las zonas inundables, cauces, puntos vulnerables, riesgos de deslaves y lugares en donde una lluvia intensa puede convertirse en
tragedia.
La pregunta es sencilla: ¿Quién lo está leyendo y quién lo está actualizando?
Porque de poco sirve tener un Atlas de Riesgo perfectamente elaborado, lleno de mapas y zonas de peligro, si permanece guardado en un cajón mientras la ciudad sigue creciendo.
El Atlas de Riesgo no debería ser un documento decorativo para presumir que un municipio está preparado.
Debería utilizarse para decidir dónde no construir, dónde hace falta infraestructura, qué cauces deben limpiarse, qué vialidades deben cerrarse al comenzar la tormenta, qué pasos a desnivel pueden ser trampas
mortales y qué sectores necesitan vigilancia especial.
El problema no es que llueva, el problema es que ya sabemos dónde puede hacer daño y seguimos esperando a que el agua nos lo vuelva a recordar.
La prevención no comienza cuando Protección Civil recibe la primera llamada de auxilio. Comienza mucho antes, cuando todavía hay sol, cuando todavía se pueden limpiar los cauces, revisar drenajes, instalar señalización, cerrar puntos peligrosos, y, sobre todo, impedir que la ciudad siga creciendo hacia donde el mapa dice que no debería crecer.
El desastre no distingue alcaldes, partidos, ni colores. Simplemente sigue su camino, sí, un camino que, en muchos casos, ya está dibujado en los mapas que hay que mirar antes de que vuelva a llover para que ese camino sea seguro.
Porque cuando el agua empieza a subir, ya no hay discurso que alcance para justificar una tragedia que estaba anunciada… en un Altas de Riesgo.




