
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
Los habitantes de la zona metropolitana de Monterrey estamos atrapados en una especie de círculo vicioso del que no logramos salir.
Primero fue la intensa ola de calor que azotó a la región la semana pasada. Después llegaron las lluvias y los fuertes vientos asociados a la tormenta del pasado viernes.
El resultado, en ambos casos, fue el mismo… Miles de familias sin energía eléctrica, pérdidas económicas, molestias generalizadas y una creciente sensación de abandono por parte de la Comisión Federal de Electricidad.
Lo preocupante es que ya no se trata de un incidente aislado. Los apagones se han convertido en una constante que aparece cada vez que las condiciones climáticas se salen un poco de la normalidad.
Bastaron unas cuantas horas de temperaturas extremas para que transformadores y circuitos colapsaran en distintos municipios metropolitanos. Posteriormente, las lluvias evidenciaron nuevamente la fragilidad de una infraestructura eléctrica que parece operar permanentemente al límite de su capacidad.
Las historias de los últimos días reflejan la magnitud del problema. En algunos sectores de Monterrey, Guadalupe, Apodaca, Escobedo y otros municipios metropolitanos, los usuarios han permanecido más de tres días sin suministro eléctrico. Las protestas vecinales no se han hecho esperar. La desesperación es comprensible. Sin energía eléctrica no funcionan los sistemas de refrigeración en medio de temperaturas superiores a los 40 grados centígrados, se echan a perder alimentos y medicamentos, se paralizan actividades económicas y se afecta la vida cotidiana de miles de personas.
La respuesta oficial de la CFE ha consistido en informar sobre cuadrillas desplegadas, reparaciones en proceso y trabajos de restablecimiento gradual. Según datos difundidos por la propia paraestatal, se han realizado cientos de acciones correctivas, incluyendo reemplazo de transformadores, postes, aislamiento y poda de árboles.
Sin embargo, seguimos esperando respuestas más concretas. ¿Cuántos usuarios permanecen sin servicio? ¿Cuándo quedará completamente restablecida la red? ¿Por qué cada fenómeno meteorológico termina provocando una crisis de esta magnitud?
Las causas de fondo parecen estar mucho más allá de una tormenta o una ola de calor.
Diversos especialistas han advertido desde hace años que la infraestructura eléctrica nacional presenta rezagos importantes. El crecimiento urbano de Monterrey ha sido acelerado durante las últimas décadas, impulsado por la industrialización, la expansión habitacional y, recientemente, por el fenómeno del nearshoring. Sin embargo, las inversiones en redes de distribución no parecen haber crecido al mismo ritmo que la demanda.
La propia información presupuestal federal muestra señales preocupantes. Mientras la demanda energética continúa aumentando, los recursos destinados a distribución eléctrica han enfrentado restricciones y prioridades distintas. La consecuencia es visible: transformadores sobrecargados, redes envejecidas y una capacidad de respuesta insuficiente cuando ocurre una contingencia.
El impacto económico de los apagones podría ser considerable. Tan solo en el área metropolitana de Monterrey operan decenas de miles de pequeños negocios que dependen completamente de la electricidad para funcionar. Restaurantes, tiendas de conveniencia, supermercados, talleres, farmacias y oficinas han sufrido interrupciones que se traducen en pérdidas directas. A ello deben sumarse los daños en aparatos eléctricos domésticos, la merma de productos perecederos y las horas laborales perdidas. Aunque todavía no existe una cuantificación oficial, no sería exagerado estimar que las afectaciones acumuladas durante estos días podrían alcanzar cientos de millones de pesos.
Lo más grave es que no existe certeza de que esta situación no vuelva a repetirse. Por el contrario, todo indica que los eventos climáticos extremos serán cada vez más frecuentes. Si la infraestructura eléctrica ya se encuentra rebasada hoy, ¿qué ocurrirá dentro de cinco o diez años?
La discusión ya no debe centrarse únicamente en reparar fallas. El verdadero debate consiste en determinar si México está invirtiendo lo suficiente para garantizar un sistema eléctrico moderno, resiliente y capaz de sostener el crecimiento económico.
Porque mientras esa respuesta siga pendiente, la CFE continuará estando, literalmente, mal y de malas.





