
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Nuevo León sabe fabricar riqueza, atraer inversionistas, presumir infraestructura y venderse como uno de los motores económicos del país. Lo que no ha podido evitar es que sus calles y carreteras se conviertan, año tras año, en escenarios de choques.
Según cifras del INEGI, en 2025 Nuevo León volvió a ocupar el primer lugar nacional en hechos de tránsito registrados en zonas urbanas y suburbanas, con 71 mil 308 accidentes.
La cifra es brutal: significa, en promedio, un hecho de tránsito cada 7 minutos y 22 segundos.
Y hay otro dato que obliga a mirar el problema de frente: Nuevo León prácticamente triplica a Chihuahua, segundo lugar nacional, que registró 26 mil 626 accidentes, uno cada 20 minutos aproximadamente.
Después aparece el Estado de México, con 25 mil 32; Sonora con 21 mil 780, y Guanajuato, con 19 mil 875.
Y hay que hacer una precisión importante, estos datos corresponden a los accidentes registrados en zonas urbanas y suburbanas y no incluyen todos los hechos de tránsito ocurridos en carreteras federales.
El dato no es menor, al igual que en los últimos 14 años, Nuevo León volvió a colocarse como la entidad con más hechos de tránsito del país, y aquí surge la pregunta ¿cómo puede una entidad acumular más de 71 mil accidentes en un solo año y seguir sin estrategia que permita reducir esta cifra?
Han pasado distintos gobiernos y no puede ser posible que no se han podido coordinar para elaborar una estrategia que ayude a resolver este problema que está a diario en las calles de las distintas ciudades. La seguridad vial también se construye. Y aquí nadie puede lavarse las manos.
Claro está el problema no solo es responsabilidad del gobierno estatal o municipal también pesa en cada uno de los conductores que a diario circulan en sus vehículos.
Detrás de cada accidente hay algo más que estadística, hay una historia: Un automóvil destruido, una familia esperando noticias en la sala de un hospital, una persona que dejó de trabajar, un patrimonio que puede desaparecer en segundos y, en los casos más graves, una familia que recibe una llamada que nadie quisiera recibir.
Sí, las causas de los accidentes pudieran ser muchas como el exceso de velocidad, alcohol, distracciones, imprudencias y falta de respeto a los señalamientos. Pero también existen calles mal diseñadas, cruces peligrosos, señalización deficiente, semáforos mal sincronizados, y una cultura vial que durante años ha sido tratada como asunto secundario.
Una ciudad moderna no es la que permite que los vehículos circulen más rápido. Es la que consigue que sus ciudadanos puedan trasladarse por las calles sin jugarse la vida.
Los 71 mil 308 hechos de tránsito no deberían de ser solamente un número en una tabla del INEGI, deberían servir como una llamada de atención para municipios, Estado y autoridades de vialidad y tránsito. Porque cuando una ciudad acumula decenas de miles de accidentes al año, ya no estamos hablando de problemas
en el tráfico. Estamos hablando de un problema de seguridad pública.
Mientras un gobierno se la pasa presumiendo obras, el pavimento sigue contando historias.





