
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
Caso Uruapan: La inseguridad que no se mide en estadísticas.
A pesar de la significativa reducción de los indicadores delictivos en México, los crímenes de alto impacto —de esos que cimbran al país y sacuden la conciencia colectiva— siguen presentes.
Los números oficiales pueden decir que “vamos bien”, pero los hechos, los nombres y los rostros de las víctimas cuentan otra historia.
El asesinato del presidente municipal de Uruapan, Carlos Alberto Manzo Rodríguez, ocurrido la noche del sábado 1 de noviembre, en plena celebración del Día de Muertos, vuelve a recordarnos que la violencia no se mide únicamente con estadísticas.
El edil, conocido por su combate frontal al crimen organizado, fue ultimado mientras participaba en un evento público, rodeado de familias, cámaras y luces de esperanza.
Minutos antes había compartido en redes sociales un mensaje de unión; horas después, su nombre se sumó a la larga lista de servidores públicos que han perdido la vida por enfrentar a los grupos criminales que siguen acechando al país.
Manzo no era un político cualquiera. Llegó al cargo en 2024 por la vía independiente, tras haber sido diputado federal por Morena, y se distinguió por su decisión de acompañar personalmente a los cuerpos de seguridad en operativos contra el Cártel Jalisco Nueva Generación y otras células que operan en Michoacán. También denunció la colusión entre autoridades y crimen organizado, consciente de que su postura podía costarle la vida. Lo advirtió, y así fue.
Su asesinato no solo evidencia el poder y la impunidad con la que aún actúan los grupos criminales; también desnuda la fragilidad institucional que, a casi dos décadas del inicio de la llamada “guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón, no ha logrado garantizar seguridad ni justicia.
Desde 2006, Michoacán ha sido epicentro del conflicto. Operativos, detenciones, promesas de pacificación, cambios de estrategia… pero los hechos violentos persisten.
El reciente hallazgo del cuerpo del empresario limonero Bernardo Bravo Manríquez, asesinado tras denunciar extorsiones en Apatzingán, confirma que la violencia no distingue entre políticos o civiles: cualquiera puede ser la próxima víctima.
Paradójicamente, este crimen ocurre justo cuando el Gobierno federal presume resultados positivos.
Según cifras oficiales, entre septiembre de 2024 y septiembre de 2025 los homicidios dolosos se redujeron 32 por ciento, lo que la presidenta Claudia Sheinbaum ha destacado como una muestra del éxito de los cuatro ejes de su Estrategia Nacional de Seguridad.
El secretario Omar García Harfuch, en su primer informe ante el Senado, presentó estos resultados: Más de 34 mil detenciones por delitos de alto impacto, 17 mil armas aseguradas y mil 564 laboratorios clandestinos desmantelados.
Los datos son contundentes. Sin embargo, la realidad social parece avanzar en dirección contraria.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, el 63 por ciento de los mexicanos considera inseguro vivir en su ciudad, una cifra mayor que el 58.6 por ciento registrado el año anterior.
¿Cómo explicar que la percepción de inseguridad creció mientras que las cifras delictivas bajaron?
La respuesta, quizá, está en la brecha entre los informes oficiales y la experiencia cotidiana.
No basta con capturar delincuentes si los ciudadanos siguen sintiéndose vulnerables… No basta con reducir estadísticas si los alcaldes, empresarios y familias siguen siendo víctimas de la violencia.
Mientras la impunidad siga siendo la norma y la justicia, una excepción, ningún número podrá traducirse en tranquilidad real.
La muerte de Carlos Manzo no es solo una tragedia local… Es un síntoma del país donde ser honesto sigue siendo peligroso… donde las autoridades que deciden enfrentar al crimen terminan aisladas… donde la ciudadanía observa impotente cómo se normaliza la violencia.
México necesita más que estrategias y discursos… Requiere instituciones blindadas contra la corrupción, cuerpos policiales profesionales y políticas de Estado que sobrevivan a los sexenios.





