
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
Hay noticias que, aun entre la violencia y los accidentes que diariamente ocupan los espacios informativos, golpean de una manera distinta.
La muerte de cuatro jóvenes, de entre 19 y 20 años, en la Carretera Nacional, a la altura de El Cerrito, en Santiago, es una de ellas.
El choque ocurrió la noche del viernes 10 de julio. El automóvil en el que viajaban circulaba a exceso de velocidad, presuntamente jugando carreras. Cruzaron el camellón e impactaron a otro vehículo, cuya conductora, milagrosamente, se encuentra a salvo.
Tristemente, la vida de cuatro jóvenes se apagó en un abrir y cerrar de ojos.
Hacía tiempo que en Nuevo León no enfrentábamos una tragedia vial de estas dimensiones. Es imposible conocerla sin pensar en sus familias… en los padres que recibieron una llamada que nadie debería recibir… en las habitaciones que quedaron vacías… en los planes escolares, profesionales y personales que ya no podrán cumplirse. Solidaridad y respeto para quienes hoy lloran por la pérdida de sus hijos.
El dolor de estas familias no debe convertirse en espectáculo ni en materia de señalamientos.
Pero guardar respeto no significa guardar silencio.
Como padre de jóvenes que se encuentran en ese rango de edad, he podido constatar un cambio positivo respecto de generaciones anteriores. Los chavos ahora son más conscientes de los riesgos de combinar alcohol y volante. Cuando salen de fiesta, acuerdan quién será el conductor designado, utilizan taxis de aplicación o se quedan a dormir en casa del amigo para no manejar. Esa cultura de prevención, construida durante años por las familias, las escuelas, los medios de comunicación y los propios jóvenes, merece reconocerse.
Sin embargo, no estamos exentos de que algo pueda suceder. La tragedia en la Carretera Nacional nos recuerda que la conducción responsable no se limita a no beber. También significa respetar los límites de velocidad, rechazar las “carreritas”, utilizar el cinturón, no conducir distraído y no usar el automóvil para demostrar valor, poder o destreza. Se puede estar completamente sobrio y, aun así, tomar una decisión mortal.
La velocidad suele presentarse entre los jóvenes como una emoción momentánea, una forma de competir o de impresionar a los demás. Pero en una carretera, cuando se circula muy por encima de los límites permitidos, prácticamente no hay margen para corregir un error. El vehículo deja de ser un medio de transporte y se convierte en un proyectil. No solo pone en riesgo a quienes participan en una supuesta carrera, sino también a familias, trabajadores y conductores que circulan responsablemente y pueden encontrarse, de pronto, frente a una amenaza que nunca eligieron.
Las autoridades tienen mucho que hacer. La Carretera Nacional requiere vigilancia efectiva, operativos preventivos, cámaras funcionales, sanciones oportunas y presencia policial en los horarios y puntos donde suelen registrarse excesos de velocidad. No basta con cerrar la vialidad después de una tragedia, levantar peritajes y lamentar las consecuencias. La prevención debe ocurrir antes del impacto.
Pero la responsabilidad tampoco puede depositarse exclusivamente en el gobierno. En casa debemos hablar con claridad, incluso cuando la conversación resulte incómoda. Prestar un automóvil a un hijo implica establecer reglas, conocer sus hábitos al conducir y dejar claro que ninguna presión de amigos justifica arriesgar la vida. Y entre los propios jóvenes debe existir el valor de decir “no”, de quitarle las llaves a quien pretende correr y de no subir a un vehículo conducido irresponsablemente.
Lo ocurrido en Santiago no debe reducirse a un video impactante, a una conversación de fin de semana o a una estadística más.
Debe convertirse en una advertencia colectiva.





