
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
Qué bueno que la presidenta Claudia Sheinbaum asistió este domingo 19 de julio a la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026, celebrada en el MetLife Stadium, en Nueva Jersey.
Fue mejor estar que ausentarse.
En momentos de tensión, la política exterior también se ejerce mediante símbolos, gestos y conversaciones que, aunque no produzcan acuerdos inmediatos, ayudan a conservar abiertos los canales de comunicación.
La mandataria mexicana acudió por invitación del presidente estadounidense Donald Trump y coincidió con el primer ministro canadiense Mark Carney, representantes de los tres países que organizaron el torneo. En el palco también estuvieron otros dignatarios, entre ellos el rey Felipe VI de España.
No era una reunión diplomática formal ni el comercio fue necesariamente el tema central, pero la imagen tuvo valor: México ocupó el lugar que le correspondía como país coanfitrión y socio estratégico de América del Norte.
La presencia fue especialmente pertinente porque la relación bilateral atraviesa días delicados.
Este lunes 20 de julio, Ismael “El Mayo” Zambada fue sentenciado a cadena perpetua por un tribunal federal en Brooklyn, después de haberse declarado culpable de encabezar una empresa criminal y participar durante décadas en el tráfico de drogas. La condena cierra una etapa judicial, pero abre nuevas interrogantes políticas para México.
La captura de Zambada, ocurrida en 2024, continúa rodeada de zonas oscuras. Durante meses, Washington negó haber intervenido directamente en la operación; sin embargo, la exhibición en un museo de Nuevo México del avión utilizado para trasladarlo a Estados Unidos —una aeronave prestada por el FBI— reavivó las dudas sobre el papel de las agencias estadounidenses y sobre lo que conocían, o dejaron de conocer, las autoridades mexicanas.
El problema no es solamente de soberanía: también es de credibilidad, coordinación y rendición de cuentas.
A ello se suma la ofensiva estadounidense contra presuntos vínculos entre funcionarios mexicanos y el crimen organizado. La acusación presentada contra Rubén Rocha Moya y otros servidores públicos de Sinaloa confirma que Washington está dispuesto a llevar el combate al narcotráfico al terreno político. Son acusaciones que deben probarse ante los tribunales, pero el Gobierno mexicano tampoco puede limitarse a denunciarlas como injerencia.
Defender la soberanía no significa proteger a nadie; significa investigar con seriedad, exigir pruebas y actuar conforme a la ley.
En paralelo, esta semana es muy importante, quizá decisiva, para el T-MEC.
Estados Unidos y México tienen prevista una tercera ronda de negociaciones bilaterales relacionada con la revisión del acuerdo, después de que Washington decidiera no extenderlo todavía por otros 16 años. El tratado sigue vigente, pero la incertidumbre sobre su futuro obliga a México a negociar con firmeza, inteligencia y pragmatismo.
En ese contexto, cada oportunidad de diálogo cuenta.
Por eso fue acertado que Sheinbaum estuviera en la final.
Sin embargo, la decisión también dejó al descubierto una contradicción.
La Presidenta se ausentó de la inauguración celebrada en la Ciudad de México, pese a que nuestro país era anfitrión y ese escenario constituía una oportunidad extraordinaria de representación internacional. Entregar su boleto a una joven deportista fue un gesto simbólico valioso, pero no justificaba renunciar a su responsabilidad institucional. Podía hacer ambas cosas. Ah, pero se quiso evitar la rechifla. Creo que eso salió más caro.
En Nueva Jersey la vimos donde debía estar: junto a los dirigentes de los países sede y frente a los ojos del mundo.
Ojalá que esa presencia no se quede en la fotografía. Los intereses nacionales también se defienden construyendo puentes, cultivando relaciones y corrigiendo decisiones equivocadas.
México necesita firmeza, pero no aislamiento; soberanía, pero no estridencia; principios, pero también oficio político.
Se han cometido errores graves.
Esta puede ser una oportunidad para rectificar.





