
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
En un ambiente de tensión inédito en los últimos años, la mañana de este lunes 12 de enero los presidentes de México y Estados Unidos sostuvieron una conversación telefónica que, más allá de su duración —15 minutos—, carga un peso político considerable.
Se trata de la décimo quinta ocasión en que ambos mandatarios dialogan sobre la relación bilateral, pero también de la primera después de dos hechos que han alterado el tablero regional: la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, que derivó en la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, y la escalada retórica del presidente estadounidense en torno a una posible acción armada contra cárteles de la droga en territorio mexicano.
El antecedente inmediato no es menor.
Apenas horas después de la incursión estadounidense en Venezuela, Donald Trump cuestionó abiertamente la autoridad de la presidenta de México, al afirmar que el país no era gobernado por su mandataria sino por los cárteles, y que “algo tenía que hacerse” con México. Una declaración que, por su tono y por el contexto en que se produjo, encendió alertas diplomáticas y reavivó un fantasma que parecía superado: la posibilidad de una intervención directa de Washington bajo el argumento del combate al narcotráfico.
Con ese telón de fondo, la llamada de este lunes fue interpretada como un intento de contención.
En su conferencia matutina, la presidenta mexicana fue cuestionada de manera frontal: ¿ha quedado descartada una operación militar “quirúrgica” de Estados Unidos en México? La respuesta fue clara, al menos en el discurso. No hay, por ahora, ningún escenario de ese tipo sobre la mesa. Y no lo hay —subrayó— porque México se ha opuesto de manera firme a cualquier acción que vulnere su soberanía e integridad territorial.
La mandataria relató que durante la conversación se habló de cooperación en materia de seguridad, del combate al fentanilo, de detenciones relevantes y de una disminución histórica en los homicidios.
Reconoció también que su homólogo considera que “se puede hacer más”, algo que ella misma admitió, aunque dentro de los márgenes de la coordinación y no de la subordinación.
Estados Unidos volvió a ofrecer ayuda adicional en temas de seguridad; México volvió a decir que no. Y, según el relato oficial, el presidente estadounidense lo entendió.
El mensaje hacia el interior fue contundente: la soberanía no se negocia. Pero el contexto obliga a matizar. La captura de Maduro en Venezuela demostró que Washington está dispuesto a actuar de manera unilateral cuando considera que sus intereses estratégicos están en juego.
Las amenazas previas contra los cárteles mexicanos no fueron improvisadas ni aisladas. Y el discurso que equipara el narcotráfico con el terrorismo allana, en términos políticos, el camino para justificar acciones extraordinarias.
Por ello, más allá de la cordialidad que se quiso proyectar, la llamada no despeja todas las dudas.
Con Donald Trump no se puede descartar absolutamente nada.
Su estilo político se caracteriza por la imprevisibilidad, por la presión pública y por el uso del lenguaje como herramienta de intimidación.
Hoy dice entender los límites; mañana puede volver a cruzarlos.
Quedan, entonces, preguntas abiertas.
¿Funcionará realmente esta llamada como un dique frente a posibles excesos?
¿Es este el momento de replantear, sin eufemismos, hasta dónde llega la cooperación y dónde comienza la cesión?
¿Debe México “dejarse ayudar” bajo nuevas reglas, o insistir en una estrategia que privilegie el diálogo aun cuando la amenaza no desaparece?
¿Conviene seguir apostando exclusivamente por “las buenas” en un entorno donde la fuerza vuelve a ser una opción explícita?
Por ahora, el teléfono colgó sin estridencias. Pero el ruido de fondo persiste.
Y en la relación con Estados Unidos, el silencio posterior a una llamada nunca es garantía de calma.





